Subes y bajas
Volví a perderme
Este post no es como los habituales.
Este post es para contarte que volví a perderme, si es que alguna vez me encontré.
Volví a perder el foco, el centro, la motivación, la ilusión y, sobre todo, la fuerza.
La fuerza… qué cansada estoy de ser fuerte.
Me agoté.
Agoté las pocas energías que volvía a tener luchando contra los elementos, contra la depresión, contra las heridas…
y me di cuenta, una vez más, de que había vuelto a luchar contra mí misma.
Otra vez.
Mismo punto de partida.
A veces parece que no avanzo.
Que la vida cambia, se mueve y evoluciona.
Que los años pasan, que las arrugas aparecen, que dejas de ser joven y tienes que empezar a plantearte “otras cosas importantes”.
Pero mi mente sigue ahí.
En la herida.
En la defensa.
En la supervivencia.
En la lucha constante contra sí misma.
Porque sí: mi mayor herida y mi mayor enemigo siempre he sido yo.
Estoy cansada, lo confieso.
Cansada existencialmente de luchar contra mí misma y no darme tregua.
De no saberme entender.
De no quererme.
De juzgarme.
De hacerme daño.
¿Quién necesita enemigos externos cuando tiene el peor juez interno del mundo?
Busco y pongo en práctica todas las herramientas que tengo y que me llegan.
Y aun así acabo en el mismo lugar.
Supongo que la depresión es así.
Hace muchos años vi un corto de Pixar (te lo dejo aquí) y me apunté una frase que recuerdo haber escrito en todas mis agendas del colegio, del instituto y de la universidad:
“Subes y bajas. La vida es así”.
Supongo que la depresión también es así.
Aunque no notes mucho la subida, subes.
Y la caída después es horrible, porque sientes que nunca saliste, que por mucho que te esfuerces vuelves al mismo agujero, a la casilla de salida.
He analizado mucho todo esto, no pienses que no.
Soy una persona muy autorreflexiva, que investiga y ahonda en todo, aunque sea difícil y duela.
Y me he dado cuenta de algo:
nunca quise que mis heridas formaran parte de mi personalidad.
Me disocié.
Luché por esconderlas y ocultarlas, incluso de mí misma.
Pero conseguí justo lo contrario:
que se convirtieran en los cimientos de mi personalidad y de mi vida.
Y ahora, que me encuentro sin fuerzas, sale todo a la luz.
Mi psicóloga dice que he sufrido demasiadas agresiones,
y que mi cerebro aprendió a procesar esa forma de trato como lo normal.
Y ahí me quedé.
Agrediéndome a mí misma.
Permitiendo que los demás lo hicieran.
Y cuando nadie lo hacía, siendo todavía más dura.
Recuerdo pocos momentos en los que no me sintiera así.
Los dos o tres primeros años de la universidad.
Cuando estoy con mis sobrinos y con mis gatos.
Este verano en Ibiza…
Ojalá pudiera acabar con algo esperanzador y optimista, como suelo hacer.
Pero creo que también es importante compartir cuando el proceso es duro y cuando aparecen los bajones.
Lo único que puedo decir es que dejar de luchar nunca será una opción.
A pasitos de tortuga.
De hormiguita.
O de pulga.
Pero, como dice el corto de Pixar:
“a veces vas mal, a veces mejor…
si te sientes fatal, mira alrededor:
aún tienes un cuerpo, patas y pies.
La cabeza en su sitio.
Perfecto… ¿lo ves?”


