Mudando la piel
El otro día leí que el pelo guarda memoria.
Que registra de forma física y energética nuestras experiencias, emociones, actitudes y estados de ánimo.
Que actúa como un testigo silencioso de la vida que llevamos:
del dolor, del estrés, de los cuidados, del amor que nos damos (o no).
Por eso, dicen algunas tradiciones, que un cambio de pelo suele simbolizar un cierre de ciclo, una renovación, una forma de marcar un antes y un después cuando algo dentro ya ha cambiado.
No sé si es verdad.
Pero sé que a mí me resuena.
Siempre me ha costado “desprenderme” del pelo.
Siempre he sentido que me cuesta mucho que me crezca, como si fuera algo frágil o difícil de recuperar.
Quizá por eso lo he cuidado tanto.
Quizá por eso me ha costado aún más soltarlo.
Hace trece años me rapé la cabeza.
Fue un gesto radical, necesario.
Una forma de cerrar una etapa muy oscura de mi vida,
de decir hasta aquí,
de cortar de raíz algo que ya no podía sostener.
Desde entonces no me había atrevido a hacerlo de nuevo.
Lo dejé crecer.
Y crecer.
Como si en él se fueran quedando atrapadas emociones, recuerdos, vínculos.
Como si cada centímetro guardara algo que no sabía muy bien cómo despedir.
Aunque he vivido muchas metamorfosis desde entonces,
aunque he cambiado, renacido, reconstruido mil veces,
había algo que seguía sin soltar del todo.
Cuando me operaron de la mandíbula me tatué una mariposa.
La metamorfosis siempre ha sido un símbolo importante para mí.
Desde aquel momento entendí que no somos una sola versión,
que cambiar no es traicionarnos,
que transformarnos no significa dejar de ser quienes somos.
Y aun así,
no me atrevía a cortarme el pelo.
Quizá por miedo.
Quizá por nostalgia.
Quizá por lealtad a versiones antiguas de mí misma.
Quizá por esa sensación de que soltar también es perder,
cuando en realidad muchas veces es aligerar.
Me pregunto si la serpiente también siente nostalgia por las pieles que mudó.
Estamos a mediados de diciembre.
El último mes del año.
Y aunque 2025 todavía no ha terminado,
yo siento que algo en mí sí lo ha hecho.
Ha sido el año más retador de mi vida.
El más exigente.
El que más me ha puesto frente al espejo.
Pero también el año en el que más he crecido,
más me he conocido
y más he aprendido a quedarme conmigo.
Mi pelo ha estado ahí en todas esas versiones.
En la que resistía.
En la que dudaba. En la que luchaba.
En la que se rompía en silencio.
Y en la que empezaba, poco a poco, a elegirse.
Guarda el miedo.
La confusión. La rabia.
Las decisiones difíciles. Las lágrimas.
Los duelos que no siempre supe nombrar.
Pero también guarda la fuerza.
Las enseñanzas.
El amor propio aprendido a base de caídas y paciencia. De espacio y escucha.
La sal del mar.
Las conversaciones honestas. Los abrazos sinceros.
Los límites puestos a tiempo.
La calma que llegó cuando dejé de exigirme tanto.
Por eso este gesto no es estético.
No es impulsivo.
No es superficial.
Es simbólico.
Es corporal.
Es una forma de decir adiós.
No para olvidar lo vivido,
sino para honrarlo sin cargarlo.
Quedarme con lo esencial
y soltar el lastre.
Cortarme el pelo, esta vez, no es huir de quien fui.
Es respetar profundamente a quien soy ahora.
Y hacer espacio a quien quiero ser.
No creo en los renacimientos ruidosos.
Creo en estos:
en los rituales íntimos,
en los gestos que no se anuncian,
en los cambios que nacen cuando ya no hay lucha dentro.
Entro en 2026 más ligera.
No porque haya dejado atrás el pasado,
sino porque ya no necesito llevarlo a cuestas.
Sigo siendo la misma.
Pero me habito mejor.
Y eso, hoy, se siente como una forma muy honesta de empezar de nuevo.




